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CON LA PLATA DE LOS TRABAJADORES

Sindicalistas que concentran el poder por décadas, administra millones provenientes de los aportes de los trabajadores y los destina a fines ajenos a quienes dicen representar. Reelecciones indefinidas, estructuras hereditarias y uso de esos fondos para sostener proyectos que alimentan una casta gremial cada vez alejada de sus afiliados.

CON LA PLATA DE LOS TRABAJADORES

Sindicalistas que concentran el poder por décadas, administra millones provenientes de los aportes de los trabajadores y los destina a fines ajenos a quienes dicen representar. Reelecciones indefinidas, estructuras hereditarias y uso de esos fondos para sostener proyectos que alimentan una casta gremial cada vez alejada de sus afiliados.

Por Esteban Di Carlo

El sindicalismo en Argentina es uno de los movimientos sociales más fuerte de América Latina, que si bien nació a través de grupos socialistas y anarquistas a principio del siglo XX tuvo su crecimiento exponencial en el año 1943 cuando los sindicatos influyeron en la creación del peronismo, y a partir de allí convivieron durante más de ochenta años, en una formación simbiótica.

En efecto, ligado al movimiento peronista, el sindicalismo argentino tiene un fuerte poder de negociación colectiva, control de obras sociales y capacidad para realizar huelgas generales, aunque en la actualidad su modelo se encuentra en pleno proceso de reestructuración.

Este movimiento goza de dirigentes perpetuos en el poder, tanto a nivel nacional como a nivel local.

Los más conocidos: Amadeo Genta, 43 años a cargo del sindicato, Luis Barrionuevo, y Rodolfo Daer, 41 años cada uno, Armando Cavalieri, y José Lingeri, 40 años; Hugo Moyano, 39 años; Gerardo Martínez, y Julio Piumato, 36 años y Juan Schmid, 33 años.

Una vez que llegan a sentarse en el sillón, se entronizan.

Lo propio acontece en Olavarría; Miguel Santellán, 42 años en el CECO. José Stuppia, 17 años en el Sindicato Municipal; Alejandro Santillán, 14 años AOMA; Carlos Manzur (Sanidad), Julio Roberto Luetken, (UTEDYC) y Eduardo Amaya.

Cualquier similitud con la realeza no es mera coincidencia.

Muchos de ellos, traspasan sus mandos, tal cual derecho hereditario a sus hijos.

Allí aparecen Pablo Moyano y Facundo Moyano, por ejemplo.

En el ranking de imagen, el sindicalismo ocupa los últimos lugares, con nula credibilidad en la gente.

Contribuyen a esa imagen negativa, la falta de democratización de los gremios, los puestos eternos, la herencia de cargos, y el divorcio cada vez más entre los intereses de los dirigentes y los intereses de los trabajadores.

Los trabajadores afiliados aportan mensualmente una cuota sindical (generalmente un porcentaje del salario entre el 2% y 3%); a su vez el empleador tiene la obligación legal de retener los montos correspondientes en los recibos de sueldo y depositarlos a la orden de la asociación sindical y además las empresas deben pagar sobre la nómina salarial, una parte de las cuales se destina al financiamiento de las obras sociales sindicales.

También perciben por el aporte solidario (o convencional), que es un descuento aplicado a los trabajadores no afiliados que se benefician de las negociaciones colectivas y paritarias.

Todo esto forma una caja a la cual se aferran en forma vitalicia.

Con este dinero obtenido de los trabajadores que debería ser destinado para los beneficios de ellos, se utiliza en la nueva modalidad adoptada por varios gremios, fundan clubes de fútbol.

Los hacen participar en torneos locales y profesionales, y crean sus propios estadios, arman estructuras, abonan sueldos a entrenadores y futbolistas, y hasta en algunos casos en fraude a la ley laboral hacen aparecer futbolistas como empleados de los sindicatos.

¿Con el dinero de quién? Con la plata de los trabajadores.

A esta movida se sumaron los Sindicatos de Camioneros, Municipales, Metalúrgicos y Petroleros.

Ocurre a nivel local y también a nivel nacional.

Son tan egocéntricos que, una vez construido un estadio, le ponen el nombre del creador.

"Hugo Moyano", es el nombre del Estadio de Camioneros.

"Elías Moisés Gómez", el nombre del estadio de Deportivo Rincón de los Sauces (petrolero).

"José Salvador Stuppia", el nombre de la cancha de Municipales de Olavarría.

La eternalización de los sindicalistas en sus cargos se debe a la combinación de varios factores: marcos legales que permiten la reelección indefinida, el control sobre los millonarios fondos de las obras sociales y el manejo de los aparatos internos de poder.

Estas estructuras aseguran la supervivencia política de las cúpulas gremiales frente a una menor renovación.

Las juntas electorales de los gremios suelen ser manejadas por la propia conducción oficialista, lo que dificulta legalmente el surgimiento de listas opositoras o la fiscalización transparente de los comicios.

Los devaluados líderes sindicales ante la sociedad, procuran mantener su status quo, a costas de los trabajadores, a quienes dicen defender.

Los fondos rara vez regresan a los trabajadores, y se utilizan en otras áreas ajenas al interés de ellos.

Forman una especie de casta sindical, con sus característicos cargos vitalicios y hereditarios; apellidos que se repiten a nivel nacional, y a nivel local.

Basta hacer un repaso sobre el sindicato de camioneros, de municipales, o por el sindicato de comercio. Acá resulta perfectamente aplicable la acepción “grupo social al que se pertenece por nacimiento”.

Democratizar el sindicalismo, no permitir que una persona pueda ejercer el cargo más allá de una reelección, fue una tarea inconclusa que intentó en su momento modificar Raúl Alfonsín, pero un solo voto lo impidió.

Son los ejemplos de los que han vivido del Estado, y de los aportes de los trabajadores, y que se han enriquecido a costa de ambos.

Así como no hay políticos pobres, tampoco hay capos sindicales en esa situación

Sería perfectamente recomendable en una democracia sana, que ninguna persona que haya ocupado cargo político, o sindical pudiese ser reelegido en más de una oportunidad para ocupar dicha función.

Para dejar de tener de una buena vez, sindicalistas ricos, y trabajadores pobres.

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