
ERA INTOCABLE.
Un fanático de Boca y Riquelme escribió sus sensaciones encontradas. Del amor incondicional al ídolo al presidente que no le encuentra la vuelta el club.
Por Alejo Di Carlo
El amor nació aquella tarde de sol de 1996 contra Unión, donde la gente percibió que había alguien en cancha que era completamente diferente.
En la escala de ídolos de la historia del club más grande del continente él siempre estuvo parado en el pedestal más alto.
Cierto es que, durante su carrera, así como tuvo millones de fieles seguidores también hubo miles de detractores que aprovecharon para pegarle en los pocos momentos en los que tambaleaba.
Su personalidad disruptiva, su seriedad fuera del campo, sus conflictos (algunos ciertos y muchos inventados), sus renuncias, su nula relación con la barra brava y demás, eran motivo permanente de hostigamiento en los medios y en quienes lo consumían.
Dentro del campo nunca quedaron dudas, fue el mejor que vistió los colores azul y oro en sus ya casi 120 años de historia.
Era Dios con botines negros.
En 2014 decidió parar la pelota, y desde ese momento los de blanco y rojo que lo odiaban y criticaban permanentemente se dieron vuelta como un panqueque y empezaron a reconocerlo, ya con la tranquilidad de saber que nunca más lo cruzarían.
Si hay algo que lo caracterizó a lo largo de su vida fue su sinceridad y honestidad intelectual. Él siempre creyó que había que jugar la final de todos los torneos posibles y que una Copa Libertadores vale más, mucho más que cualquier otra cosa.
Fue muy crítico de Boca en momentos en que los medios endulzaban los oídos de los oyentes y también fue el que le dio la mano para que se levante cuando estaba tirado en el piso a los pocos días de haber perdido la final de 2018 (salió a bancar al equipo cuando todos estaban esperando que lo triture).
Las 5 eliminaciones consecutivas frente al rival de toda la vida fueron motivo suficiente para que deje de caminar en un campo de rosas y empiece a luchar en el barro.
Y fue en noviembre de 2019 que anunció su vuelta como dirigente, y a los pocos días, como si fuera un guiño del cielo, River perdió una de las finales más insólitas de la historia de la Copa Libertadores.
El 2020 ya lo tenía a él como vicepresidente, a Russo como DT y a Boca soplándole un torneo en la última fecha al River de Gallardo. Parecía que en la Boca había vuelto la alegría.
La pandemia frenó lo que, aparentaba ser, un envión directo a la tan ansiada séptima. Y desde esa eliminación en semifinales frente al Santos, el Boca de Miguel nunca se pudo levantar.
Es cierto que en el medio Boca había dejado afuera a River de la frase de grupos de la Copa de la Liga, de los cuartos de la Copa Maradona y de los octavos de la Copa Argentina.
Finalmente la historia superclásica había cambiado. Pero en Boca eso no alcanza, porque la obsesión es la Copa y por eso el ciclo de Russo llegó a su fin. Son decisiones.
Lo que siguió a eso fue una serie de improvisaciones, malas contrataciones e interinatos que nadie pudo explicar ni entender. La inoperancia del consejo de fútbol y su poco tacto para manejar situaciones contractuales con jugadores del club desataron un sinfín de novelas, a las que el hincha de Boca estaba acostumbrado, pero que ya no quería soportar más.
Ni siquiera las dos ligas ganadas por entrenadores inexpertos como Battaglia e Ibarra alcanzaron para calmar las aguas.
Boca jugaba decididamente mal pero siempre aparecía un juvenil para salvarlo.
Es que si algo se puede destacar de esta gestión es que los juveniles ya no son moneda de cambio para que lo disfruten clubes menores sino que se puede ver su talento en la Primera de Boca, a pesar de que, por lo general, dura poco ya que sus bajos salarios y las tentaciones del fútbol del exterior hace que escapen y provoquen su enemistad con el club y el hincha.
En 2023 la séptima estuvo tan cerca como nunca antes. El viejo y querido 4-4-2, un equipo corto pero de memoria, la aparición de pibes con talento y hambre, la “suerte” de los penales y la mala suerte que nos atragantó ese grito durante los últimos 17 años.
El 2024 lo empezó ya como presidente y parecía que, con Diego Martinez, finalmente Boca se encarrilaba.
Jugaba bien, hacía muchos goles, eliminó a River con baile en cuartos de final de Copa de Liga hasta que, finalmente, otro error de esos que no se deben cometer en los partidos importantes hacía caer todo en picada.
Y desde ahí fueron todas malas.
El 2024 y 2025 sin jugar la Libertadores parece que quiere ponerle fin a una gestión de 5 años y pocos meses con más malas que buenas decisiones.
Será dificil revertirla.
Ya ese Dios que era intocable se ha vuelto tan tangible como cualquiera de nosotros.
Y quizás, como dijo alguna vez Sacheri, la culpa de todo la tenga el tiempo. Ese tiempo que cometió el error de seguir transcurriendo cuando se tendría que haber quedado detenido esa noche de 2014 frente a Lanús en el momento en que toda la gente coreaba su nombre con lágrimas en los ojos porque sabían que era su último baile.
Pero quedate tranquilo, Román. Aunque el tiempo pase, y quiera deshilachar este amor, yo preservo la memoria como un deber.