
JUSTICIA POR MANO PROPIA: EL REFLEJO DE UNA SOCIEDAD QUE YA NO DA MÁS
El respaldo de casi toda una sociedad para el vecino que abatió a un delincuente. Un debate que se abre ante las escasas respuestas.
Por Esteban Di Carlo
El asesinato del delincuente a manos de un vecino volvió a encender un debate que arde hace tiempo entre las calles de Olavarría. El respaldo fue inmediato: “Hizo lo que cualquiera haría.” Esa frase se repite como un eco en los barrios, en los comercios, en cada charla de pasillo. La gente, cansada de la inseguridad, se siente más cerca del camionero que apretó el gatillo que del joven que terminó muerto.
No se trata de una celebración, sino de un síntoma. Una sociedad que avala la justicia por mano propia está revelando el agotamiento de todas las demás vías. Cuando el miedo se hace costumbre y la violencia se vuelve paisaje, la desesperación conduce decisiones que nadie querría tomar.
Olavarría se volvió un territorio donde la estadística va detrás de los hechos. Lo que se sabe públicamente es apenas una parte. Hay robos que nunca se denuncian y episodios que se ocultan bajo la alfombra oficial, aunque los vecinos los cuenten entre susurros y mensajes reenviados.
El asalto al concejal Frías no fue un hecho aislado en un mapa tranquilo. El mismo delincuente ya había atacado antes. Las entraderas ya no sorprenden, incluso en pleno centro. La sospecha de zonas liberadas deja una sombra inquietante sobre la gestión de la seguridad.
Mientras tanto, algunos dirigentes siguen empeñados en negar lo evidente. Prefieren hablar de sensaciones antes que de hechos. Creen que la realidad se puede tapar con comunicados, como si la vida de los vecinos fuera solamente una cuestión de relato. Aquella palabra, “conurbanización”, parecía exagerada hace unos años. Hoy suena casi obvia.
Matar nunca es la solución. Nunca. El límite ético es irrenunciable. Sin embargo, es imposible juzgar sin analizar el contexto: el Estado está llegando siempre tarde. Cuando las instituciones fallan, cuando el 911 solo devuelve un número de expediente, cuando una perimetral es un papel mojado, alguien se convence de que su única defensa es el disparo.
La pregunta ya no es por qué sucedió, sino cuánto falta para que vuelva a pasar.
El triunfo de la justicia por mano propia no es una victoria social. Es la derrota de un sistema entero. Es el síntoma de que el contrato más básico entre ciudadanos y Estado está roto: yo cumplo la ley y vos me protegés. Si esa ecuación se quiebra, el abismo se abre.
El pueblo empieza a decir basta. El problema es que está gritando solo.