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VIOLENCIA SIN FIN

El partido de fútbol en Avellaneda pone al descubierto el rol de la policía bonaerense y los barras. La convivencia política, derechos humanos y el reflejo de una sociedad.

VIOLENCIA SIN FIN

El partido de fútbol en Avellaneda pone al descubierto el rol de la policía bonaerense y los barras. La convivencia política, derechos humanos y el reflejo de una sociedad.

Por Esteban Di Carlo

El pasado miércoles en el Estadio de Independiente se vivió uno de los hechos más bochornosos de violencia en el fútbol, algo casi olvidado en el último tiempo en competencias internacionales organizadas en el país.

Si bien se acostumbra a ver una fuerte represión a los argentinos en los países vecinos, donde el visitante es realmente visitante; nada de ello ocurre en Argentina, repito en los partidos organizados por la Conmebol.

Por eso resulta indignante observar los videos con la salvaje agresión entre hinchas, en una zona liberada, con ausencia policial alarmante, y con un resultado lamentable de heridos y por ahora sin lamentar muertos.

No hubo prevención; menos reacción ante la provocación de los hinchas chilenos, y por último represión ante el desmadre que produjeron los violentos de Independiente que intentaron hacer justicia por mano propia.

"La justicia se defiende con la razón y no con las armas. No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra", Papa Juan XXVIII.

El resultado es el mismo que se observa cada vez que los barrabravas intentan copar cada lugar.

Son delincuentes que viven de la extorsión trapito en mano, de la reventa de entrada a los partidos, y de la droga.

Son fuerzas de choque de partidos políticos.

Son grupos organizados con fuerte participación en actos de violencia dentro y fuera de los estadios; en peleas con hinchas rivales, vandalismo y enfrentamientos con la policía. Tienen una estructura organizativa con líderes y jerarquías, y suelen ocupar posiciones estratégicas en los estadios, y en oportunidades como empleados de los Municipios.

La violencia que se produjo en el estadio tiene una primera lectura, a partir de la ubicación de hinchas contrarios en sectores superiores e inferiores, y sin ningún tipo de prevención; sin ningún vallado policial, pero peor es aún la inactividad con los primeros atisbos de violencia.

Se dejó que todo ese desmadre, y no se advirtió que el grupo de delincuentes llamados barras bravas del equipo legal, pudiesen llegar hasta el sector visitante sin ningún tipo de freno de ninguna autoridad policial.

O si se previó, se dejó hacer.

La violencia ejercida en la tribuna sin presencia policial alguna durante varios y largos minutos, donde patoteros robaron, lesionaron, apuñalaron, y dejaron inconscientes a varias personas, las cuales muchas de ellas fueron internadas, y aún están en estado delicado, resulta llamativa ante la ausencia policial.

Se podría haber llegado tarde, sí.

¿Pero ningún policía en la tribuna, ni frenando al grueso de barras bravas cuando lo lógico era estar atento a su accionar?

Esta violencia que se vio en las tribunas, es la misma que se vive en el Gran Buenos Aires casi sistemáticamente.

Y el motivo mayor es la inacción policial producto de la decisión política de no intervención.

Durante dos décadas, los Defensores de los Derechos Humanos trataron e inculcaron la idea a los ciudadanos que la policía no debe hacer uso de sus armas.

Y que si se ve obligada a hacerlo, ello no puede exceder sus límites.

Lo que en la práctica conlleva a una inmovilización de las fuerzas orden, bajo amenaza de procesos penales interminables y sanciones privativas de libertad.

La Policía tiene por finalidad fundamental garantizar, mantener y restablecer el orden interno y garantiza el cumplimiento de las leyes y la seguridad del patrimonio público y del privado. Previene, investiga y combate la delincuencia.

Es más que evidente que para el ejercicio de las funciones y responsabilidades policiales tienen que usar como herramientas sus armas.

Y es así como se les entrena en las escuelas policiales, ya sean para oficiales o suboficiales, durante algunos años.

Pero sectores contrarios a este postulado, pretendieron y pretenden que la policía sea una fuerza inmóvil, paralizada e incluso permisiva de actos violentos y vandálicos.

Como se dio en el Estadio Libertadores de América, propiedad del Club Independiente.

La policía frente a la violencia y vandalismo de uno y otro lado, no puede estar estática y tiene que hacer uso de sus armas, cumpliendo con la normativa legal y sin excesos.

Los ciudadanos cansados, hartos, de no ser defendidos por un gobierno que los agobia con impuestos, y que no les brinda absolutamente nada en materia de seguridad.

Siempre quedará en el recuerdo, la liberación de 5646 presos de las cárceles provinciales.

La pasividad contra la delincuencia en todos sus ámbitos, la permisividad, la ausencia policial para prevenir y reprimir al delito, y la inacción ante imágenes espeluznantes que recorrían en el mundo, sin ningún hombre uniformado que pudiese poner freno a tanta barbarie.

Domingo Sarmiento, ya hace un siglo y medio describía dos ámbitos.

Entendía que la civilización se identificaba con la ciudad, con lo urbano, lo que estaba en contacto con lo europeo, o sea lo que para ellos, en esa época era el progreso; por el contrario, la barbarie, era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho.

Hoy estamos ante otra clase de civilización y otra clase de barbarie

La civilización es el argentino honesto y trabajador

¿La barbarie? no hace falta describirla, con solo ver las imágenes de lo sucedido el miércoles.

El fiel reflejo de la actual barbarie argentina.

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